572 Steve Hackett. Firth of Fifth (Solo).

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Guitarra y emoción

Incluido en “Selling England by the Pound”, quinto álbum de Genesis, Firth of Fifth era en su origen un solemne tema de más de nueve minutos de duración, que narraba una oscura y alegórica historia -sobre cuyo significado los fans del grupo siguen discutiendo-. Comenzaba con una introducción al piano de Tony Banks y en ella lo mejor, en mi opinión, era el maravilloso sólo de guitarra de Steve Hackett en la segunda parte de la canción, con su elegante utilización del pedal de volumen. Está considerado con razón como uno de los grandes instrumentales del rock de los 70. Tan bueno era que, acompañado por una potente batería y el clásico melotrón, formaba parte del clímax emocional de muchos conciertos y se convirtió en ineludible en el repertorio de la banda británica, al menos hasta la partida de Hackett en 1977. Tras su salida de Génesis éste comenzó una carrera en solitario, con nada menos que 24 elepés publicados en los que ha pasado del rock progresivo al pop y del blues a la guitarra clásica (incluyendo una preciosa versión de la música de Erik Satie a la guitarra y flauta). En todos estos años ha colaborado, además, con cantidad de músicos, entre ellos antiguos miembros de King Crimson, Steve Howe y Chris Squire de Yes, David Palmer de Jehtro Tull y otros muchos. Tampoco se ha olvidado de su antigua banda y ha dedicado un par de discos (“Watcher of the Skies: Genesis Revisited” y “Genesis Revisited II”) a reinterpretar sus viejos temas. Y en todos sus conciertos, es inevitable, sigue tocando este genial Firth of Fifth.

571 Joey Alexander. My favorite things.

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Desde Bali con mucho swing

Con su primer álbum recién salido del horno (“My favorite things” se editó en mayo pasado) el joven pianista indonesio Joey Alexander ha sorprendido al mundo del jazz. Por lo pronto el New York Times lo ha sacado en portada, ha aparecido en el televisivo Today Show y ha actuado en una de las conferencias de TED. Las principales de revistas de jazz norteamericanas destacan su excelente swing y un desparpajo impropio de sus doce años. Nacido en la isla de Bali en 2003 Joey descubrió el piano a los seis años, tocando de oído una melodía de Thelonious Monk. Su padre, músico aficionado, procuró ayudarle con su colección de discos de jazz y llevándole a jam sessions. En muy poco tiempo Joey comenzó a tocar sólo o en diversos combos en los ambientes jazzísticos de Jakarta. Hace cuatro años, en un concierto para la UNESCO, Herbie Hancock le escuchó tocar y quedó entusiasmado y dos años más tarde -en la entonces ciudad ucraniana de Odessa- ganó una competición internacional de improvisación, frente a 200 pianistas procedentes de todo el mundo. Esta sofisticada versión de My favorite things, el clásico de Rodgers & Hammerstein, es un fiel reflejo del altísimo nivel del primer álbum del mismo título, que incluye versiones de standards como Giants Steps, Over the Rainbow o Round Midnight e incluso un tema propio (Ma Blues).

570 Terje Rypdal. Dead Man’s Tale.

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Por los caminos helados

Llevado por una fácil analogía y agobiado por el tremendo calor de estos días de verano, mientras leía un artículo sobre el ciclo de lieder Winterreise (Viaje de invierno) de Schubert, me acordé de un vídeo que tenía almacenado en el archivo y que ilustraba el tema Dead Man’s Tale del noruego Terje Rypdal. Qué refrescante y cómo me gustaría estar conduciendo por carreteras heladas con esta canción… La vuelvo a escuchar y me sorprende no haber colgado en el blog nada de este extraordinario guitarrista. Con más de 40 álbumes a su espalda, la mayoría de ellos en el prestigioso sello ECM, la carrera de Rypdal es casi imposible de resumir. Virtuoso multiinstrumentista (además de la guitarra, toca la flauta, el piano, la trompeta y no sé si algo más), ha colaborado con los grandes dentro del jazz europeo (Garbarek, Lester Bowie, George Russell, Jean-Luc Ponty, Robert Wyatt, Surman, Vitous…) y es autor de seis sinfonías, junto a numerosas piezas de cámara y varias sonatas. El tema que nos ocupa estaba incluido en su primer álbum en solitario, “Bleach House” (Polydor, 1968), quizás el primer intento serio de hacer rock psicodélico en Escandinavia, estilo que Rypdal abandonaría para dar el salto al jazz de vanguardia. Además de cantar y tocar maravillosamente la guitarra, también realiza un precioso solo de flauta. Junto a Rypdal destaca el preciso órgano Hammond de Christian Reim y la batería de Tom Karlsen.

569 Méav. The Calling.

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Una de esas voces de cristal

Méav Ní Mhaolchatha en gaélico o, resumiendo para sus fans, Méav, tiene una de esas etéreas voces que enganchan desde la primera escucha; voces que parecen de cristal, siempre a punto de romperse. Méav comenzó dándose a conocer a mediados de los 90 primero con el coro de música irlandesa “Anúna”, junto al que grabó cuatro discos y que acompañó en ocasiones al espectáculo de danza “Riverdance”, para luego dar el salto como solista en el famoso grupo Celtic Women, que ha vendido millones de álbumes, donde participó en los cinco primeros álbumes. Entremezclando varios discos en solitario con las giras de ambas formaciones y actuaciones junto a la Orquesta Nacional de Irlanda, Méav ha ido labrando una carrera más personal, en la que The Calling (2013) supone el último eslabón hasta ahora. Un álbum donde además de la canción homónima (con una hermosa melodía y un cierto toque kitsch, a lo Enya) destacan varias versiones de temas tradicionales, entre ellas la de Shenandoah.

568 Martin Fröst. Let’s be Happy.

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Seamos felices

Y qué mejor que acabar con Let’s be Happy (Seamos felices),  una canción klezmer del músico argentino Giora Feidman (autor de los solos de clarinete en la película “La lista de Schindler”) e inspirada en el folclore tradicional de los judíos azkenazí del este de Europa. Creadas originalmente para ser interpretadas en bodas y otras celebraciones, dentro de este estilo se encuadran hasta una docena de tipos de canciones, incluyendo mazurcas, tangos, sardas o valses. A la llegada de los inmigrantes europeos a Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX, la música klezmer rápidamente empezó a mezclarse con los ritmos y síncopas del jazz. En los años 70, sin embargo, se inició un movimiento revivalista, que buscaba recuperar los ritmos y temas tradicionales investigando en archivos y tradiciones musicales de Moldavia o Rumanía, incluyendo las aportaciones de judíos rusos que abandonaban su país y añadiendo la rica tradición de los músicos gitanos. Pero esta es ya otra historia, que quizás contemos otro día. Por otro lado, me encanta la versión de esta canción por parte del sueco Martin Fröst, en mi opinión el mejor clarinetista del mundo, uno de los más solicitados en estos momentos y al que podéis disfrutar en sus múltiples colaboraciones con casi todas las grandes orquestas y en una veintena de discos como solista (recomiendo sus discos dedicados a Mozart).

567 Eddy Kenzo. Jambole.

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Alegría de bailar, alegría de vivir

Para cambiar el tono triste y melancólico de las canciones que cuelgo últimamente en el blog nada mejor que esta contagiosa Jambole de Eddy Kenzo, que no me canso de escuchar. Una canción que mezcla juke y dub junto a ritmos jamaicanos como el reggae y el dancehall, en una amalgama explosiva que transmite una enorme alegría y que, aunque no quieras, prácticamente te obliga a mover los pies. Lo descubrí el verano pasado gracias a un diario inglés que se fijaba en la fantástica troupe de niños (los “Ghetto Kids”) que protagonizaban el vídeo. Pero de ellos os hablaré más adelante. Edrisah Musuuza, conocido por su seudónimo de Eddy Kenzo es un cantante y compositor ugandés que, a pesar del júbilo de su música, tiene una triste historia a sus espaldas. Sin haber conocido a su padre, perdió a su madre con apenas 4 años y se vio obligado a vivir los 13 años siguientes en las calles, hasta que logró entrar en una escuela por primera vez. Cuando descubrió el mundo de la música comenzó a componer y cantar sus propios temas, como “Yanimba” y “Stamina” que le hicieron conocido en su país. Hace un año y medio saltó a la fama internacional con la canción “Sitya Loss” en cuyo vídeo aparecían ya los encantadores “Ghetto Kids”, un grupo de niños cuyo absorbente baile es parte improvisado y parte coreografiado junto a Daudi Kokoma, un profesor de matemáticas de los suburbios de Kampala y antiguo “niño de la calle” él mismo. Han tenido tanto éxito que que han comenzado ya a protagonizar sus propios vídeos. ¡Ooh my lover Jambole, aah aah wakabi!

566 Misha Alperin. Her First Dance.

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La nostalgia del primer baile

Nacido en Ucrania y educado en Moldavia, aunque desde 1993 vive y trabaja en Oslo, Mijail “Misha” Alperin es un apreciado pianista, compositor y profesor de música, conocido sobre todo por ser el fundador junto a Arkady Shilkloper y Sergey Starostin del famoso Moscow Art Trío, una formación que mezcla jazz experimental, clásica e improvisación con músicas folclóricas y que suele actuar en los grandes festivales de jazz de todo el mundo. Tanto Alperin como los otros miembros del MAT han colaborado, entre otras formaciones, junto a la Norwegian Chamber Orchestra, Las Voces Búlgaras, la Orquesta Filarmónica de Moscú, la Orquesta del Teatro Bolshoi e incluso el grupo mongol Huun-Huur-Tu, ya conocido por los seguidores de este blog (http://wp.me/p1teSc-CC). Alperin viene publicando discos en solitario desde 1989 y ya ha editado más de una docena de álbumes, la mitad de ellos para el prestigioso sello alemán ECM, incluido Her First Dance (2008), donde se incluye el tema del mismo título. Llevo escuchándolo desde hace años y siempre que lo hago, no sé por qué, me invade la nostalgia, quizás por la poética melodía del trombón de Shilkloper o el misterioso piano minimalista de Alperin o, sencillamente, al pensar en ese “primer baile”.

The nostalgia of the first dance

Born in Ukraine and educated in Moldova, although since 1993 lives and works in Oslo, Mijail “Misha” Alperin is a appreciated pianist, composer and music teacher, known primarily as the founder, together with Arkady Shilkloper and Sergey Starostin, of the famous Moscow Art Trio, a formation that blends experimental jazz, classical and folk music with improvisation and often plays in the great jazz festivals around the world. Both Alperin and the other members of the MAT have collaborated, among other formations, with the Norwegian Chamber Orchestra, the Bulgarian voices, the Moscow Philharmonic Orchestra, the Orchestra of the Bolshoi Theatre and even the Mongolian group Huun-Huur-Tu, already known by the followers of this blog (http://wp.me/p1teSc-CC). Alperin publish records with his own name since 1989 and has already recorded more than a dozen albums, half of them for the prestigious German label ECM, including Her First Dance (2008), which includes the song of the same title. I’ve been listening it for years and whenever I do it, I don’t know why, it invades me nostalgia, perhaps by the poetic Shilkloper trombone melody or the mysterious Alperin minimalist piano or simply because I start thinking about that “first dance”.

565 Melody Gardot. Preacherman.

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Blues contra el racismo

Estas semanas he andado un poco despistado y no he estado atento, por lo que debo agradecer a mi amigo Gonçalo el aviso de que Melody Gardot había editado por fin el álbum (“Currency of men”) que ambos esperábamos desde hace tiempo. Lo he escuchado a fondo y he disfrutado mucho: un gran trabajo de una compositora fuera de serie. Sigo a la cantante norteamericana desde que escuché su tercer álbum My One and Only Thrill” (2009), del cual al año siguiente seleccioné para mis amigos la espléndida Your Heart Is As Black As Night (http://wp.me/p1teSc-6J). Tras el viaje a tierras exóticas que supuso su anterior LP, “The Absence” (2012), Gardot vuelve a colaborar con el productor Larry Klein, que dota al disco de un sonido poderoso y electrizante. Por otro lado, la mirada de Melody se ha vuelto más dura, menos complaciente. Se abre hacia el mundo que le rodea, con referencias en algunas canciones a la guerra, a los “sin hogar” (“It Gonna Come”) o a los derechos civiles, como en esta estremecedora Preacherman, un blues incendiario inspirado en la muerte por motivos racistas de Emmett Till en 1955, cuando apenas tenía 14 años. Acompañado por el impactante vídeo de Calum MacDiarmid, la voz oscura y enfebrecida de Melody dibuja el tema, impulsado además por una engrasada sección de viento, los cortantes guitarrazos de Jesse Harris, unos coros gospelianos y el Hammond B-3 que encierra el conjunto. Pero el resto del álbum no desmerece en absoluto, con más temazos como “Same to you” o varias baladas à la Gardot, como “Don’t talk”, “If ever I recall your face” o “Bad news”. Un paso adelante de una artista inquieta, que prefiere arriesgarse a quedar varada en su estatus actual. Bien por Melody.

Blues against racism

The last weeks I’ve gone a bit distracted and I have not been attentive, so I must thank my friend Gonçalo for the advice that Melody Gardot edited her new album (“Currency of men”) that we’ve been expecting so much. I’ve heard it thoroughly and I really enjoyed it: a great work from an outstanding songwriter. I follow the American singer since I heard her third album “My One and Only Thrill” (2009), from which the following year I selected for my friends the splendid Your Heart Is As Black As Night (http://wp.me/p1teSc-6J). After the journey to exotic lands that marked their previous LP, “The Absence” (2012), Gardot works again with producer Larry Klein, who gives the record a powerful, electrifying sound. On the other hand, Melody’s gaze has become tougher, less accommodating. Opens to the world that surrounds her, with references in some songs to the war, the “homeless” (“It Gonna Come”) or the civil rights, as in this shocking Preacherman, an incendiary blues inspired by the death on racist grounds of Emmett Till in 1955, when he was just 14 years old. Accompanied by Calum MacDiarmid’s impressive video, the dark and feverish voice of Melody draws the song, that is powered by a tight wind section, the sharp guitars of Jesse Harris, a gospelian chorus and the Hammond B-3 which holds the set together. But the rest of the album does not diminish at all, with more grat songs like “Same to you” or several ballads “à la Gardot”, as “Don’t talk”, “If ever I recall your face” or “Bad news”. One step ahead of a restless artist, who prefers risk to being stranded in her current status. Well for Melody.

564 Andrew Combs. Nothing to lose.

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Nada que perder

Me topé con Andrew Combs por casualidad, gracias a una crítica elogiosa de una web norteamericana y, empujado por aquella, escuché unas cuantas canciones de su segundo álbum “All of these dreams” (2015). Me pareció que no estaba mal y apuntaba maneras -con temas interesantes como Suwanee County o Strange Bird-, hasta que llegué a la deliciosa Nothing to lose y esa sí que me enganchó. Desde entonces, con ese aire a lo Roy Orbison y ecos de Jim Croce, no he parado de escucharla. Con una buena producción y apoyado en la ajustada steel de Spencer Cullum, es un tema que fluye con la facilidad de un clásico y un aire retro que se refleja en el vídeo. Nacido en Dallas pero asentado firmemente en Nashville, Combs ha comenzado a despertar el interés de la crítica de ese cajón de sastre que es el género “Americana”. Ya veremos hasta donde llega, pero por lo pronto yo me subo al coche y regreso a la carretera, donde vuelvo a poner de nuevo este “Nada que perder”.

563 Joe Hisaishi. Hana-Bi (BSO/OST).

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Flores de fuego

Estas semanas he recuperado músicas muy queridas para mi, álbumes que tenía olvidados y en lo que he descubierto nuevos matices. Entre ellos hay varios de mi admirado Joe Hisaishi, uno de los grandes compositores modernos de cine y de cuyo trabajo ya han quedado muestras en este blog (http://wp.me/p1teSc-9x y http://wp.me/p1teSc-bN). Entre el centenar de bandas sonoras que lleva ya a sus espaldas, he vuelto a escuchar varios de sus trabajos con Hayao Miyazaki y, aespecialmente, algunas de los seis que ha realizado para Takeshi Kitano. Entre ellas, me gustaría destacar la BSO de Hana-Bi (Flores de fuego-Fuegos artificiales, 1997), una película por la que Kitano obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia de 1997 y que ya me impresionó cuando la vi por aquellos años. Se trata de una historia compleja, en la que se alternan escenas de extrema violencia (la marca de Kitano) junto a momentos de una extraña ternura. Delicadeza que se refleja en el emocionante tema central, que se escucha al principio y al final de la película, que cuenta con una de las mejores melodías de Hisaishi. Por cierto que el verdadero nombre del maestro japonés es Mamoru Fujisawa y lo de Joe Hisaishi es un homenaje a su admirado Quincy Jones, cuyo nombre suena parecido al transcribirlo en japonés.

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